Introducción al C. Vaticano II


Una eucaristía preconciliar

El sacerdote celebra de espaldas al pueblo, es el hombre de lo sagrado, mediador entre Dios y los hombres, el otro Cristo, separado del pueblo (incluso exteriormente: sotana, tonsura o coronilla.), que actúa en nombre de Cristo en los sacramentos, que reza y lee la palabra de Dios en latín, no existe concelebración,
muchas veces se celebran misas simultáneas en altares laterales,  a veces la misa es con el Santísimo
expuesto o al final se hace la exposición y bendición. El sagrario preside el templo.
Lo central es el relato de la consagración y la elevación (campanitas), la adoración parece más importante que la comunión. La liturgia es acción de solo el sacerdote, el canon romano es el único existente.
El pueblo está pasivo, asiste a la misa como a un espectáculo, no entiende el latín, reza el rosario o novenas, los más promocionados siguen la liturgia con un misalito bilingüe latín-lengua vernácula, los fieles están arrodillados casi todo el tiempo, se comulga de rodillas y en la boca, con una sola especie, en ayunas desde la media noche, muchos no se atreven a comulgar si no se han confesado antes, otros asisten sin comulgar, la comunión se da a veces antes y después de la misa o en una capilla lateral. Muchos asisten a misa

LA ÉPOCA PRECONCILIAR
En lugar de comenzar con enunciados genéricos sobre la Iglesia preconciliar, recordemos narrativamente cómo era la eucaristía de antes del Concilio. simplemente para cumplir el precepto dominical, ya que de lo contrario se peca mortalmente y para que la misa valga hay que llegar por lo menos al evangelio.
La eucaristía no se comprende ni valora como celebración comunitaria del misterio pascual, no hay oración de los fieles, no se da la paz, se reza el credo y el padre nuestro en latín, los cantos son mayormente en latín y gregoriano, al final se lee el prólogo del Evangelio de Juan y luego todos rezan arrodillados tres avemarías y una oración latina a san Miguel para que defienda a la Iglesia y lance el demonio al infierno.
El sermón u homilía que, cuando había, era en lengua vernácula, resumía el evangelio interpretado muy literalmente, la predicación era muchas veces moralista. Lo poco que el pueblo sabía de la Biblia era a través de la predicación y del catecismo con preguntas y respuestas, apenas se leía Biblia.
¿Qué subyacía bajo esta liturgia? 
La celebración litúrgica no es algo accidental en la Iglesia ya que expresa su fe, su teología y su modelo de Iglesia. Lo que subyace a esta liturgia tridentina preconciliar es la Iglesia de Cristiandad que se origina en el siglo IV con Constantino y Teodosio, se afianza en el siglo XI con la reforma de Gregorio VII que centraliza toda la Iglesia y que ha estado en vigor hasta el Vaticano II. Es piramidal, en cuya cúspide están el Papa,
obispos y sacerdotes y en la base los laicos. Es desigual: unos pocos enseñan, mandan y celebran, los demás obedecen, aprenden, rezan, callan y pagan…Es clerical, la que posee el poder de consagrar, de perdonar y bautizar, la que tiene el Espíritu. La Iglesia es el Papa, el obispo, el sacerdote. Una Iglesia en la que sacerdotes y religiosos están llamados a la santidad por los consejos evangélicos, mientras que los laicos se
contentan con cumplir los mandamientos para salvarse. Es una Iglesia unida al Estado, que la protege y ayuda, los ciudadanos del país son simultáneamente miembros de ella, el bautismo de niños se generaliza, el cristianismo es algo socio-cultural, se es cristiano por tradición más que por convicción. Fuera de la Iglesia católica no hay salvación, lo que explica por una parte el afán misionero para salvar almas de la perdición,
el considerar diabólicas las religiones de los paganos no cristianos y el juzgar a los cristianos no católicos como herejes y cismáticos. No hay libertad religiosa pues el error no tiene derechos. La Iglesia es una sociedad perfecta como el Estado que tiene poder espiritual pero también temporal (Estados pontificios…),
el Papa puede conceder los territorios descubiertos a los reyes católicos, puede consagrar y destituir emperadores y reyes. Es el Reino de Dios en la tierra. La Iglesia de Cristiandad, llamada también Iglesia del Segundo milenio, ciertamente hizo un gran esfuerzo de encarnación en la realidad, fue una fuente de humanización en momentos críticos de la sociedad, mantuvo la unidad de fe, evangelizó continentes,
luchó por su libertad, produjo muchos frutos de santidad eximia, es la Iglesia de las catedrales y de las sumas teológicas…pero sus costos fueron muy graves: separación de las Iglesias del Oriente y de la Reforma, cruzadas, guerras de religión, antisemitismo, cerrazón al mundo moderno de la Ilustración, oposición a la revolución francesa y a la de América Latina, a la ciencia y técnica moderna, abandono de muchos intelectuales, obreros, políticos, etc. No es casual que Juan Pablo II en el jubileo del año 2000 pidiera perdón por estos pecados y errores de la Iglesia del «segundo milenio».
Los dos concilios de la cristiandad moderna, Trento (s. XVI) y Vaticano I (s. XIX) reforzaron esta eclesiología, fueron defensivos (contra protestantes, contra el mundo moderno…), identificaron la Iglesia con la jerarquía, sobre todo papal. En los dos últimos siglos, con los Papas Pío IX, Pío X, Pío XI y Pío XII (la época «piana» en expresión de Rahner), esta Iglesia de cristiandad llega a su cumbre. La Iglesia se convierte
en una institución clerical, legalista y triunfalista, muy alejada de la que Jesús quería y de la de los primeros
siglos (la llamada Iglesia del «primer milenio») que era una Iglesia de comunión, de fraternidad, del Espíritu, una Iglesia estructurada a imagen de la  comunidad trinitaria.
Algo se movía en la Iglesia La teología de los años del preconcilio  era la escolástica y en el mejor de los
casos la neoescolástica, siguiendo las pautas de León XIII en la encíclica Aeterni Patris. Su método era deductivo, en forma de tesis, en latín, con gran rigor lógico, pero completamente ajeno a la historia y a la cultura moderna. Era lo que Rahner calificaría como la «teología del Denzinger», es decir una teología basada principalmente en los documentos de concilios y del magisterio.
Y mientras tanto, la modernidad avanzaba: ilustración, técnica, progreso, la revolución rusa del 17 se extendía por el Este europeo y en parte del Este asiático, las dos guerras mundiales ensangrentaban
el horizonte, los países del llamado Tercer mundo cobraban autonomía e independencia y hacían escuchar
su voz. Nuevas filosofías y nuevos modos de pensar se apartaban cada vez más del pensamiento cristiano tradicional. Pero no todo era quietud en el seno  de la Iglesia católica. Entre la primera y la segunda guerra mundial, una serie de movimientos teológicos surgieron, sobre todo en Centroeuropa y sembraron el
terreno para la cosecha que luego el Vaticano II debía recoger. Este aspecto ha sido ampliamente estudiado y bastará enunciar sus principales componentes. El movimiento bíblico (Escuela bíblica de Jerusalén, Instituto bíblico de Roma…) se acercaba a la Biblia con nuevas perspectivas y nuevas metodologías histórico-críticas. El movimiento patrístico (De Lubac, Daniélou…) descubría la importancia de los Santos Padres latinos y orientales y enriquecía la teología, la espiritualidad y la pastoral con nuevas ediciones de los Padres
(colección Sources chrétiennes…). El movimiento litúrgico (monasterios de Solesmes, Maria Laach, Montserrat…) valoraba la asamblea litúrgica y se centraba en la celebración del misterio pascual. El movimiento ecuménico (Couturier, Congar…) había comenzado el diálogo con protestantes, anglicanos y
ortodoxos, cerrando así una etapa de confrontación y apologética. La pastoral también abría nuevos caminos, sobre todo en contacto con jóvenes, ambientes descristianizados y obreros. Es la época de los sacerdotes obreros y de los cuestionamientos sobre si los llamados países cristianos no son ahora países de
misión. Nace una nueva sensibilidad social, fruto, tanto de una profundización cristológica de la vida de Jesús de Nazaret (Cardjin, Abbé Pierre, Gauthier, Voillaume, estudios bíblicos de Dupont y Gelin…) como del diálogo con las ciencias sociales, en concreto con el marxismo. Aparece también la llamada teología de las realidades terrenas, que valora las ciencias, la economía, la historia, la política, el progreso, el cuerpo
y el sexo (Thils). En fin, Teilhard de Chardin abre nuevas perspectivas a la teología desde una visión evolucionista del cosmos. Y todos estos movimientos se focalizan en centros de estudios teológicos
europeos como Lyon-Fourvière, Lovaina, Le Saulchoir-Paris, Innsbruck, Munich, Tübingen etc, donde emergen figuras teológicas relevantes como Rahner, Balthasar, Chenu, Congar, Daniélou, Schillebeeckx… que reemplazan la teología escolástica dominante hasta entonces por una teología más bíblica, antropológica e histórica. Estos teólogos no sólo conocían las fuentes y tradición de la Iglesia sino que dialogaban con el mundo moderno, algunos vivieron la guerra y fueron prisioneros, participaron de encuentros ecuménicos,
estuvieron en contacto con sacerdotes obreros, con científicos, con marxistas... Esta “nueva teología” fue censurada por Pío XII en su encíclica Humanigeneris (1950), pero estos teólogos sancionados y en algunos casos destituidos de sus cátedras, serán luego los grandes teólogos del Vaticano II. Digamos que a nivel eclesiológico también se prepara el terreno para la eclesiología del Vaticano II, tanto con los estudios bíblicos sobre el concepto de pueblo de Dios (Cerfaux, Koster…), como desde el punto dogmático con los
aportes de Mersch y Tromp, que luego desembocarán en la encíclica Mystici corporis de Pío XII (1943), que presenta una visión menos jurídica y más mística de la Iglesia.
Pero toda esta renovación teológica y eclesial que surgía desde las bases de la Iglesia encontró en Juan XXIII su catalizador. Sin su figura no se comprende el concilio. (Cristianismo i Justicia)

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