Concilio


Hubo un hombre enviado por Dios, llamado Juan Angelo Giuseppe Roncalli, nacido en 1881 en el pueblito italiano de Sotto il Monte, de familia campesina, pobre y muy cristiana, nunca se avergonzó de sus raíces y siempre conservó la sencillez y sabiduría del campo. Estudió historia de la Iglesia, especialmente las épocas de Gregorio Magno y de Carlos Borromeo, el reformador tridentino de Milán, lo cual le ayudó a tener una
visión histórica y dinámica de la Iglesia. En la Primera Guerra Mundial actuó como capellán atendiendo a los  soldados heridos que se recuperaban en el hospital militar. Fue secretario del progresista obispo de Bérgamo Radini Tedeschi y tras unos años de docencia en el seminario de Bérgamo, fue injustamente acusado de modernismo, hecho que le hizo comprender luego la situación de los teólogos expulsados de sus cátedras por Pío XII. Nombrado delegado apostólico en Bulgaria y más adelante en Turquía y Grecia, naciones de tradición cristiana ortodoxa, vivió y sufrió la tragedia de la división de la Iglesia y valoró la importancia del ecumenismo: él subrayará más lo que une que lo que divide. Durante la Segunda Guerra Mundial ayudó a la evacuación de la población judía perseguida y a las familias de los prisioneros de guerra. Su posterior estadía como nuncio en París (1944-1952) le abrió a la modernidad: eran los años de Teilhard de Chardin, de los sacerdotes obreros, de la renovación teológica francesa (la nouvelle théologie) y de los desafíos pastorales sobre «Francia país de misión».

¿Un Papa de transición?
A la muerte de Pío XII en 1958, Roncalli es elegido Papa como un Papa de transición pues no se veía fácil superar el pontificado de la figura noble, culta y en muchos aspectos extraordinaria del Papa Eugenio Pacelli.
Roncalli representaba otro estilo humano y eclesial, un Papa campesino, bajo y regordete, bonachón y perspicaz, que comenzó haciendo un guiño histórico al asumir el nombre de Juan XXIII, un antipapa depuesto por el concilio de Constanza. A sus 77 años de edad sorprendió a todo el mundo al convocar en
1959 un Concilio Ecuménico que debía completar lo que el Vaticano I (1870) había dejado inacabado, pero que no debía ser la mera continuación de este, sino un nuevo Concilio, el Vaticano II. Él mismo reconoció que esta idea «le brotó del corazón y afloró a sus labios como una gracia de Dios, como una luz de lo alto, con suavidad en el corazón y en los ojos, con gran fervor». Muchos eclesiásticos quedaron atónitos, creyeron que el Papa era ingenuo, precipitado, impulsivo, inconsciente de las dificultades con las que se debería enfrentar con la misma curia romana, o que tal vez chocheaba. Sin embargo la idea despertó gran entusiasmo en todos los movimientos eclesiales y teológicos de la época, tuvo un gran impacto ecuménico y suscitó en todo el mundo cristiano una gran esperanza. En realidad  Juan XXIII no continuó la trayectoria de Pío XII, cumbre de la Iglesia de Cristiandad, sino que cambió de modelo eclesial: una Iglesia que volvía a las fuentes de la fe y respondía a los signos de los tiempos. El Papa buscaba el aggiornamento de la Iglesia, palabra típica roncalliana que significaba la puesta al día de la Iglesia, diálogo con el mundo moderno, inculturación en las nuevas culturas, vuelta a las fuentes vivas de la Tradición cristiana, renovación doctrinal y pastoral, un salto hacia delante, incrementar la fe, renovar las costumbres del pueblo cristiano, poner al día la disciplina eclesiástica. Como el Papa le expresó a un obispo africano, se trataba de abrir la ventana para que un aire nuevo entrase en la Iglesia y sacudiese el polvo acumulado durante siglos. Poco a poco se fueron concretando más los fines del Concilio: diálogo con el mundo moderno, renovación de la vida cristiana, ecumenismo y devolver a la Iglesia el rostro de la Iglesia de los pobres.
Y comenzaron cuatro años de preparación, con consultas a toda la Iglesia, de las que salieron algunas peticiones tan dispares como la condena del comunismo, el fomento de la devoción a san José o la moralidad en las playas. Una sorpresa todavía mayor causó el discurso inaugural del Concilio el 11 de octubre de 1962. La Iglesia, dijo Juan XXIII, no quiere condenar a nadie, prefiere usar la compasión y la misericordia, desea abrirse al mundo moderno y a todos los cristianos, ofrecerles el mensaje renovado del Evangelio. Frente a “los profetas de calamidades”, Juan XXIII profesa un optimismo esperanzador basado en la acción de Dios en la historia. También distingue el contenido esencial de la fe de las adaptaciones a las nuevas circunstancias del tiempo y de la cultura. Este discurso, según el historiador Alberigo, constituye el acto más relevante del pontificado roncalliano y uno de los más desafiantes de la Iglesia en la edad moderna. Es, como el Papa quería, un salto hacia delante. Cuando en la noche de aquel histórico
día, el Papa –cansado de la larga ceremonia de la inauguración– se asomó a la plaza de San Pedro iluminada y repleta de gente, ponderó la luna llena que brillaba, saludó a todos y pidió a los padres de familia que al llegar a sus hogares abrazasen a sus hijos de parte del Papa. Algo estaba cambiando en la Iglesia… Las “florecillas” del Papa Juan reflejan este nuevo estilo. Inaugurado el Concilio, pronto se vio que los obispos llegados de todo el mundo a Roma no iban a limitarse a aprobar sin más los documentos que las
comisiones de la curia vaticana habían preparado. Las intervenciones en el aula conciliar de los cardenales Joseph Frings de Alemania y Achille Liénart de Francia consiguieron que se creasen nuevas comisiones con los obispos de la periferia, como se llamaba a los venidos de fuera.
Pero toda esta ilusión pareció venirse abajo cuando, al acabar la primera sesión del concilio, los rumores de la enfermedad del Papa se difundieron por doquier. La muerte serena y creyente de Juan XXIII el 3 de junio de 1963 impactó no sólo a la Iglesia sino a todo el mundo. Quedaba flotando en el aire el interrogante sobre el futuro del Vaticano II. El nuevo Papa Pablo VI, cardenal Giovanni Battista Montini, aseguró la continuidad conciliar. Montini tenía un talante muy diferente al de Juan XXIII: menos carismático, menos intuitivo, hombre de la curia vaticana, intelectual, buen conocedor de la teología sobre todo francesa, dubitativo –le llamaban Hamlet–, buscaba ante todo el bien y la unidad de la Iglesia y condujo el Concilio
a buen término, pero en el postconcilio sufrió mucho y llegó a decir que el diablo había entrado en la Iglesia…

Claves de lectura del Vaticano II
Más que explicar detalladamente los 16 documentos del concilio (4 constituciones, 9 decretos y 3 declaraciones), su contexto, su génesis y su hermenéutica, preferimos dar algunas claves de lectura que permitan detectar las constantes de fondo de todos los documentos que revelan el espíritu de aggiornamento conciliar de Juan XXIII.
Nueva postura ante el mundo: «legítima autonomía de la creación» Esto traduce la postura de Juan XXIII de realismo y apertura a todo el mundo, su bondad, su mirada tierna, el buscar hacer bien a todos y no ser profetas de calamidades, sino optimistas y misericordiosos. La teología anterior era profundamente dualista (cuerpo y alma, tierra y cielo, mundo e Iglesia, profano y sagrado, naturaleza y gracia…). El Vaticano II, sobre todo en Gaudium et spes (Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo) deja esta postura para afirmar que Dios y el mundo no son dos rivales, sino que elmundo es obra de Dios, Dios es el misterio último del mundo, el mundo es sacramento de Dios, lo mundano es constitutivo de la Iglesia y del cristiano, y por tanto sólo existe una historia única de salvación. La Iglesia no se considera superior al mundo o contra el mundo moderno, sino que está inserta en el mundo y en la historia. Se pasa del anatema al diálogo, se toma en serio el progreso humano y se reconoce la autonomía dela creación [GS 36]. Por esto la Iglesia no sólo da, sino que recibe del mundo [GS 44] y no siempre los pastores tienen la respuesta a todas las cuestiones [GS 43]. Por esto el Vaticano II inicia un nuevo método teológico, inductivo. Es la llamada doctrina de los signos de los tiempos [GS 4:11;44], que descubre a Dios en los acontecimientos, sabiendo que el Espíritu del Señor dirige la historia y derrama semillas del Verbo en todas las culturas. Se inicia una teología pastoral, que no es simple aplicación del dogma a la práctica, sino que ve lo pastoral como constitutivo de la misma teología, como punto de partida y punto de llegada. El Vaticano II será un Concilio pastoral. Para concretar lo dicho, podemos ver cómo el Vaticano II tiene una valoración positiva de toda la creación, de la persona humana [GS 12-17], del trabajo [GS 33-36], de la cultura [GS 53-62], afirmando que los bienes de la tierra están destinados a todo el mundo[GS 69]. Dentro de esta valoración de la persona se destaca el respeto a la libertad religiosa, afirmación novedosa, pues en 1832, el Papa Gregorio XVI en Mirari vos, la llamaba delirio y error pestilente y Pío IX en1864 la condenaba en el Syllabus. El documento Dignitatis humanae está consagrado a defender la libertad religiosa: cada persona tiene el derecho a seguir su propia conciencia en materia religiosa. Pero el concilio no es ingenuo, reconoce la presencia del mal y del pecado en el mundo y una lucha constante entre la luz y las tinieblas [GS 13]. Por esto mismo condena todo aquello que destruye la dignidad de la creación, el pecado que esclaviza a la persona humana [GS 13-14], el ateísmo [GS 19-21], la discriminación racial, sexual o cultural [GS 29], el egoísmo que degrada el trabajo humano [GS 37] y la cultura [GS 56], las desigualdades
económicas [GS 66], el totalitarismo y la dictadura [GS 75] la tortura y la guerra [GS 82].Y todo ello está fundamentado en Cristo, el hombre nuevo [GS22, 45].
Consecuentemente la misión de la Iglesia no es simplemente religiosa y espiritualista, sino integral y puede decir su palabra evangélica a la sociedad siempre que lo exija el bien de las personas [GS 76].
Redescubrimiento de la comunidad: «el Señor constituyó un pueblo»
Frente a una situación marcada por el individualismo económico, social, político y religioso, se redescubre la importancia de la dimensión comunitaria. El ser humano es social, varón-mujer [GS12], la familia es la primera comunidad humana [GS 47-52], la vida humana está llamada a la comunidad, a formar una sola familia entre todos, a imagen de la Trinidad, buscando el bien común de todos [GS 23-32], una comunidad económico-social, donde los bienes sirvan a todos [GS 63-72], una comunidad política que respete los derechos de todos y busque el bien común [GS 73-76], una comunidad internacional, en paz, colaboración y justicia [GS 77-91]. Esto se fundamenta en Cristo que quiere formar la comunidad de hijos de Dios [GS 32]. Pero esta dimensión comunitaria insinuada ya en Gaudium et spes, alcanza su dimensión eclesial en la Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium. El primer esquema elaborado por la curia romana fue rechazado por ser considerado clerical, triunfalista y legalista, es decir típico de la Iglesia de cristiandad del Segundo milenio. El nuevo documento define a la Iglesia como una comunidad unida por el Padre, el Hijo y el Espíritu [LG 4], pueblo de Dios [LG II] en marcha hacia al escatología [LG VII], misterio y sacramento de salvación [LG I], precisamente en cuanto comunidad que nace del bautismo y que responde al plan de Dios quien quiso salvar a la humanidad no de forma aislada sino constituyendo un pueblo que le conociera y sirviera santamente [LG 9]. Por esto fue una verdadera revolución eclesiológica el anteponer el pueblo de Dios [LG II] a la jerarquía [LG III], a los laicos [LG IV] y a la vida religiosa [LG VI]. La jerarquía y los diversos carismas están al servicio del Pueblo de Dios, se orientan a la comunidad  y son colegiales. La afirmación de la colegialidad episcopal de todos los obispos con el Papa se sitúa en esta visión comunitaria y sinodal de la Iglesia [LG 22-23]. También el reconocimiento de la autonomía de las Iglesias locales en comunión con Roma brota de esta visión no piramidal sino colegial de la Iglesia [LG 23]. La eclesiología de la Lumen Gentium, centrada en el pueblo de Dios, en la Iglesia local y en la colegialidad episcopal será, ante todo, una eclesiología de comunión. De este modo se pasa de la eclesiología de Cristiandad del Segundo milenio a la eclesiología de comunión típica del Primer milenio. Esta preocupación por la comunidad y la comunión es la que lleva a abordar el tema del ecumenismo con las Iglesias cristianas [LG 15] y el diálogo con las religiones no cristianas [LG 16], que se desarrolla más ampliamente en el
Documento sobre el ecumenismo (Unitatis redintegratio) y en la Declaración sobre la relación de la Iglesia con las religiones no cristianas (Nostra aetate), respectivamente. Después del Vaticano II, este espíritu comunitario se reflejará en las conferencias episcopales, sínodos, consejos pastorales, la preocupación por la paz del mundo, diálogos…El mismo Pablo VI dedicó su primera encíclica Ecclesiam suam, al diálogo.
Ahora bien, un lugar prioritario donde se manifiesta el misterio de la Iglesia comunidad y comunión es la celebración litúrgica, sobre todo la eucaristía. Por ello no es casual que el primer documento aprobado por el concilio fuese la Constitución dogmática sobre la liturgia (Sacrosanctum concilium), que recoge y profundiza los aportes del movimiento litúrgico de los años 50. Ya vimos cómo la liturgia eucarística preconciliar, idéntica desde Trento (1545-1563), reflejaba la eclesiología de Cristiandad. Un cambio de eclesiología implica también un cambio litúrgico, porque la liturgia es la celebración de la salvación de Cristo en comunidad y nos hace penetrar en el misterio pascual: la eucaristía es fuente y cumbre de la vida cristiana [SC 10]. La liturgia según el Vaticano II no es una acción de solo el sacerdote sino que toda la asamblea es el sujeto de la celebración, las acciones litúrgicas no son devociones privadas sino celebraciones de toda la Iglesia, de todo el pueblo de Dios [SC 26] que participa activamente en la celebración [SC 17;18;30]. Es necesaria, tanto para el clero como para los fieles, una reforma y educación litúrgica [SC 15-18]. La Palabra es la que da Espíritu a la liturgía [SC 25;33]. Consecuencia de esta nueva visión teológica es la reforma litúrgica con las transformaciones en los ritos: lengua del pueblo, lecturas bíblicas abundantes
y escogidas, reforma del marco de la celebración: altar de cara al pueblo, sede en el centro, sagrario a un lado, plegaria de los fieles, saludo de paz, comunión bajo las dos especies, renovación de los rituales de los sacramentos, etc.Todas estas reformas litúrgicas no son una concesión a lamoda sino la forma concreta de expresar que la Iglesia es una comunidad de bautizados en la que todos somos iguales ante la Palabra y ante Dios. Retorno a las fuentes: «Cristo mediador y plenitud de la revelación» Juan XXIII era un hombre tradicional, pero arraigado en la verdadera Tradición, que quería que la Iglesia fuese como las fuentes de los pueblos, siempre dispuestas a ofrecer a todo el mundo el agua viva del evangelio, pero sin
forzar a nadie a beber de esta agua. La Iglesia de cristiandad había vivido muy centrada en leyes, normas y estructuras. Pío VII, en 1816, mandó retractarse al obispoMohilev, por haber recomendado a todos los cristianos la lectura de la Palabra de Dios; ahora el Vaticano II propicia una vuelta a las fuentes, a los orígenes de la verdadera Tradición, a Cristo. Por esto el Concilio vuelve a la Palabra de Dios, sobre todo en la Constitución dogmática sobre la Palabra de Dios (Dei Verbum). Este acercamiento a la Palabra propiciará el diálogo con las Iglesias de la Reforma. Siguiendo las pistas del movimiento bíblico, el Concilio devuelve a la Palabra el lugar central en la vida cristiana: «desconocer la escritura es desconocer a Cristo» (DV 25, citando a S. Jerónimo). Si la teología tradicional consideraba la revelación como un conjunto de verdades que Dios nos había comunicado (o incluso dictado) y que constituían como «el depósito de la fe», el Concilio entiende la revelación como la comunicación viva de Dios en la historia por medio de Jesús y del Espíritu: la revelación no son sólo ideas, es la vida del Espíritu que se nos comunica en la persona de Jesús.
Así aparece que lo primero no es la búsqueda de Dios por parte del ser humano sino la libre comunicación del Señor a la humanidad en la creación y en la historia. La revelación se nos comunica no sólo a través de palabras, sino también a través de hechos, como la liberación del Éxodo o el misterio pascual de Jesús. Dios que nos habló en el pasado a través de su Hijo, mantiene hoy un diálogo con la esposa de su Hijo, la Iglesia [DV 8]. A través de la contemplación, el estudio, la experiencia espiritual y la predicación, la revelación puede ser mejor comprendida y profundizada [DV 8]. Puede ser estudiada científicamente y con métodos modernos, pero siempre dentro de la fe de la Iglesia, que tiene el Espíritu del Señor. Frente a los que deseaban hablar de las dos fuentes de la revelación, Vaticano II afirma que la Tradición de la Iglesia y la Escritura [DV 9] proceden de la misma y única fuente: Cristo y su Espíritu. Para el concilio la Palabra revelada en la Escritura [DV] está presente en la Iglesia [LG 1-2;8] y actuante en la liturgia [SC] y ha de ser el alma del estudio de la teología. Toda la Iglesia está bajo la Palabra de Dios. Esta afirmación conciliar se profundizará luego en la Iglesia y hallará una nueva expresión en la Exhortación postsinodal de Benedicto XVI, Verbum Domini (2010). Es interesante también recordar que el Decreto sobre ecumenismo, (Unitatis redintegratio) afirma que existe una  jerarquía de verdades de modo que no todas tienen la misma fuerza e importancia [UR 11]. No es lo mismo negar la divinidad de Jesús que el primado de Pedro.
Redescubrimiento del Espíritu: «el Espíritu del Señor llena el universo»
Juan XXIII veía el Vaticano II como un soplo del Espíritu en la Iglesia, como renovación y aggiornamento, un verdadero Pentecostés. El viento que debía renovar la Iglesia y sacudir el polvo de siglos pasados era el soplo del Espíritu. El Espíritu, muy olvidado por la teología y por la Iglesia latina, es redescubierto por el Vaticano II. A ello contribuyó, sin duda, la presencia en el Concilio de los observadores cristianos, sobre todo de los cristianos ortodoxos de la Iglesia oriental, que siempre achacan a los católicos su poca sensibilidad al Espíritu. Este Espíritu es la clave silenciosa y oculta pero presente y vivificante que ilumina todos los documentos conciliares. El concilio es un acontecimiento del Espíritu que sopla donde quiere.El concilio reconoce y reafirma que el Espíritu actúa en el mundo, en el Antiguo Testamento, en los profetas, en Jesús y es el que vivifica, santifica, guía, instruye, unifica, renueva y rejuvenece la Iglesia [LG 4]. El Espíritu inspira las Escrituras, las cuales deben leerse a la luz del mismo Espíritu [DV 7;9;12;18;21]. El Espíritu actúa en los sacramentos de la Iglesia y sobre todo en la eucaristía [SC 6,43]. El Espíritu unge interiormente a los fieles y les da el sentido de la fe y su adhesión infalible a ella [LG 12], derrama dones y carismas sobre todos los bautizados [LG 12], suscita ocasiones a la vida religiosa [LG44-45] y transfigura la historia y el mundo hacia la plenitud escatológica del Reino [GS 37-39]. La vida cristiana es, pues, una vida según el Espíritu. El Espíritu es el que ha suscitado el movimiento ecuménico en estos últimos años [UR 1,4] y el que actúa en las restantes comunidades cristianas [LG 15; UR 3-4]. Más aún, si el Vaticano II afirma que fuera de la Iglesia hay posibilidad de salvación –porque la Providencia no niega los auxilios necesarios para la salvación a los que sin conocer la revelación siguen una vida recta [LG16]– es porque el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida, se asocien a misterio pascual de Cristo [GS 22]. En el fondo del Decreto sobre el ecumenismo (Unitatis redintegratio) y de la Declaración de relación con los no cristianos (Nostra aetate) subyace la misteriosa pero eficaz presencia del Espíritu. Este mismo Espíritu es el que mueve desde dentro la actividad misionera de la Iglesia (Ad gentes).
Pero el Espíritu no sólo es el que conduce a la Iglesia a su plenitud escatológica sino el que dirige la historia de la humanidad, llena el universo y se manifiesta en los signos de los tiempos [GS 4;11;44]. Por ello mismo reconocer la libertad religiosa (Dignitatis humanae) no es ceder a la moda del relativismo ni negar la identidad cristiana sino responder a un signo de los tiempos del Espíritu. 
La síntesis final de Pablo VI: una espiritualidad samaritana
El discurso de clausura del Vaticano II de Pablo VI del 8 de diciembre de 1965, sintetiza toda esta novedad: «La religión del Dios que se ha hecho hombre, se ha encontrado con la religión –porque tal es– del hombre que se hace Dios. ¿Qué ha sucedido? ¿Un choque, una lucha, una condenación? Podía haberse dado, pero no se produjo. La antigua historia del samaritano ha sido la pauta de la espiritualidad del Concilio. Una simpatía inmensa lo ha penetrado todo. El descubrimiento de las necesidades humanas –y son tanto mayores cuanto más grande se hace el hijo de la tierra– ha absorbido la atención de nuestro Sínodo.» (nº 8) «Y si recordamos, venerables hermanos e hijos todos aquí presentes, cómo en el rostro de cada hombre, especialmente si se ha hecho transparente por sus lágrimas y por sus dolores, podemos y debemos reconocer el rostro de Cristo (Mt 25,40), el Hijo del hombre, y si en el rostro de Cristo podemos y debemos además reconocer el rostro del Padre celestial –«Quien me ve a mí»– dijo Jesús –«ve también al Padre»– (Jn14, 9), nuestro humanismo se hace cristianismo, nuestro cristianismo se hace teocéntrico, tanto que podemos afirmar también: para conocer a Dios es necesario conocer al hombre. » (nº 16). El espíritu del aggiornamento de Juan XXIII había invadido todo el concilio, del comienzo al fin.

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